Por Joyce Meyer
Usted no tiene que ser un erudito para darse cuenta que estamos viviendo en los últimos días antes de la venida de Cristo. Ahora, más que nunca, usted y yo debemos de protegernos en contra de la decepción que está suelta en el mundo. Jesús mismo nos advierte en Mateo 24:4 ...mirad que nadie os engañe. La palabra “engañe” significa hacer creer algo que no es verdad. Eso es exactamente lo que Satanás, el dios de este mundo, se dedica a hacer cada día. Constantemente murmura sus palabras de engaño en nuestros oídos, en un esfuerzo para controlarnos y traer destrucción a nuestras vidas.
Yo creo que una de las formas para evitar ser engañados es aprender a reconocer cuando Satanás nos está hablando y cuando Dios nos está hablando. No podemos resistir al enemigo si no lo reconocemos. Tampoco podemos seguir la dirección del Espíritu Santo a menos que sepamos cómo Él nos guía.
Es importante darnos cuenta que el carácter de Dios, Jesús y el Espíritu Santo son uno en sí mismo. Cuando hablamos de la naturaleza de Dios o Jesús, también estamos hablando de la naturaleza del Espíritu Santo. Lo mismo es cierto acerca del carácter de Satanás y el carácter de la carne. La carne, la cual es la combinación del alma y el cuerpo, es el instrumento de pecado por medio de cual Satanás a menudo obra (lea Romanos 6:6). Por esta razón, la naturaleza de Satanás y la naturaleza de la carne es virtualmente la misma.
Tomemos unos minutos para comparar algunos de los rasgos del carácter del Espíritu Santo con los rasgos del carácter de Satanás, el espíritu impío.
Guiar versus presionar
Una de las cualidades más importantes del Espíritu Santo es que Él es un caballero, nunca nos presiona a hacer algo. Él nos dirige, guía e insta de la manera en que debemos ir con delicadeza. De acuerdo a Romanos 8:6...el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Satanás, por otro lado, obra mediante la presión, él manipula, controla y nos demanda hacer cosas que no son la voluntad de Dios.
Si nos estamos sintiendo presionados en nuestro pensar, o por otra persona, para decir algo, comprar algo, actuar de cierta manera, o ir a un lugar en particular, no es el Espíritu Santo dirigiéndonos. Como Jesús, el Espíritu Santo es delicado, humilde y manso, no es áspero, severo, brusco, o nos presiona (lea Mateo 11:30). Una vez más, cuando Dios nos pide que hagamos algo lo hace de una manera delicada y lo que nos pide que hagamos se puede hacer porque Él nos da el poder para hacerlo.
Verdad versus decepción Otra gran diferencia entre la voz del Espíritu de Dios y la voz del enemigo es que el Espíritu Santo es el Espíritu de Verdad quien nos guía a toda verdad (lea Juan 16:13). Si Dios nos está hablando a nuestro espíritu o a través de otra persona, Su Palabra siempre lo respaldará de alguna manera. Por otro lado, Satanás, es el padre de mentiras y no hay verdad en él (lea Juan 8:44). Él a menudo se disfraza como un ángel de luz, sembrando semillas de duda y decepción a dondequiera que va. Me he dado cuenta que una de las mejores maneras para determinar si usted está escuchando de parte de Dios o de parte del enemigo es haciéndonos una simple pregunta: ¿Lo que estoy escuchando, me esta causando dudar de la Palabra de Dios o creer en su Palabra? Piense en lo primero que Satanás le dijo a Eva: ...¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? (Génesis 3:1). Satanás puso una pregunta en la mente de Eva, una pregunta que causó que dudara de la Palabra de Dios y eventualmente cometiera pecado. Cuando tenemos pensamientos que nos causan dudar de la Palabra de Dios o de lo que Él ha hablado a nuestro espíritu, es una señal de que los pensamientos que estamos escuchando son del enemigo.
Convicción versus condenación
La convicción y la condenación sobre el pecado son otra gran diferencia entre la manera en que el Espíritu Santo y el enemigo nos habla. Cuando usted y yo hacemos algo mal, Satanás a menudo nos ataca con sentimientos de culpa y condenación. Sin embargo, el Espíritu Santo, nos da convicción delicadamente, atrayendo nuestros corazones hacia Dios en oración y para pedirle perdón. Esto es lo que Romanos 2:4 significa cuando dice que la benignidad de Dios le guía al arrepentimiento.
Una vez que confesamos nuestros pecados a Dios y recibimos Su perdón, no tenemos ningún motivo para sentirnos condenados. En Romanos 8:1 dice: Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Al momento que comenzamos a sentirnos condenados debido a un pecado del pasado, necesitamos abrir nuestra boca y declararle al enemigo que hemos sido perdonados y que nuestros pecados han sido olvidados, cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones (lea Salmos 103:12).
Abriendo su boca en contra del enemigo
Mi propósito al escribir esto es ayudarle a reconocer rápidamente al diablo y pararse firme de inmediato en su contra. Primera de Pedro 5:9 dice: Al cual resistid firmes en la fe. ¿Cómo venimos a estar arraigados, establecidos y determinados en el Señor? Permaneciendo en un constante estado de sumisión a Dios. Esto incluye: caminando en arrepentimiento y buscando primeramente el reino de Dios. Su manera de hacer y ser lo correcto (lea Mateo 6:33). No podemos resistir al enemigo sin primero estar sometidos a Dios (lea Santiago 4:7).
Lo siguiente que debemos hacer es responderle al enemigo de la misma manera que Jesús lo hizo. Cuando Satanás tentó a Jesús en el desierto, Jesús le respondió: “Escrito está” y después declaró una escritura específica para destruir el engaño del diablo (ver Lucas 4:1 al 13). Nosotros debemos de hacer lo mismo. El esperar o desear que el diablo deje de molestarnos no sirve de nada. De la única manera que nos vamos a librar del enemigo es abriendo nuestras bocas y respondiéndole con la Palabra. Satanás quizás intente hacerlo que se sienta ridículo por hablar en voz alta, pero no lo escuche. Eso es solamente una estrategia para mantenerle atado.
La próxima vez que Satanás venga en su contra y le diga que usted es incapaz, que no es querido, aceptado, amado, o que es indigno, abra su boca y dígale: “Yo soy la justicia de Dios en Cristo Jesús. Dios me ama y acepta. Puedo hacer todas las cosas en Cristo que me fortalece. Tú puedes venir en mi contra, pero no me puedes detener. ¡Por la gracia de Dios, voy a tener todo lo que Dios quiere que tenga y voy a ser todo lo que Él quiere que yo sea!”
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